Tema 18. Planificación sanitaria. Identificación de problemas. Indicadores demográficos, socioeconómicos, del nivel de salud, medioambientales. Elaboración de programas de salud y su evaluación. Niveles de Prevención: primaria, secundaria, terciaria y cuaternaria. El Contrato Programa y los Acuerdos de Gestión como instrumentos de planificación estratégica. Unidades de Gestión Clínicas.

47 min julio 15, 2026 Media Nuevo

Tema 18. Planificación sanitaria. Identificación de problemas. Indicadores demográficos, socioeconómicos, del nivel de salud, medioambientales. Elaboración de programas de salud y su evaluación. Niveles de Prevención: primaria, secundaria, terciaria y cuaternaria. El Contrato Programa y los Acuerdos de Gestión como instrumentos de planificación estratégica. Unidades de Gestión Clínicas

De la identificación de un problema de salud a su solución planificada: el ciclo de la planificación sanitaria y los instrumentos de gestión del SSPA
Oposición: Terapeuta Ocupacional- Servicio Andaluz de Salud (SAS)
Bloque: Temario Específico — Gestión sanitaria y salud pública | Última actualización: Julio 2026
Preparador: Esteban Castro | Material basado en exámenes oficiales SAS

1. INTRODUCCIÓN: QUÉ ES PLANIFICAR EN SANIDAD

Planificar en el ámbito sanitario consiste en establecer, de forma racional y sistemática, qué se quiere conseguir en materia de salud, con qué recursos se cuenta, qué actividades hay que desarrollar y cómo se va a comprobar si el resultado obtenido responde a lo previsto. No es un ejercicio burocrático añadido a la gestión: es el instrumento que permite pasar de la intuición o de la simple respuesta reactiva a la demanda asistencial, a una actuación deliberada, basada en el conocimiento del estado de salud de una población y orientada a mejorarlo con los recursos —siempre limitados— de que dispone el sistema sanitario.

La planificación sanitaria se sitúa en la intersección de tres disciplinas: la epidemiología (que aporta el diagnóstico de salud de la población mediante indicadores), la gestión (que traduce las prioridades en objetivos, recursos y organización) y la política sanitaria (que fija el marco normativo y asigna la financiación). El modelo clásico de planificación sanitaria, desarrollado por autores como Pineault y Daveluy, describe un proceso cíclico y continuo, no lineal ni cerrado, que se retroalimenta constantemente con la información que genera su propia evaluación. Sus grandes fases son: el análisis de la situación (identificación de problemas mediante indicadores), la fijación de prioridades y objetivos, el diseño de estrategias y programas, la ejecución y, finalmente, la evaluación, cuyos resultados retroalimentan un nuevo ciclo de análisis.

Idea clave: la planificación sanitaria no es un acto único, sino un ciclo continuo: analizar → priorizar → programar → ejecutar → evaluar → volver a analizar. Cada uno de los epígrafes de este tema (indicadores, programas, niveles de prevención, Contrato Programa, Acuerdos de Gestión, Unidades de Gestión Clínica) es una pieza engarzada dentro de ese ciclo, desde el diagnóstico de necesidades hasta el instrumento contractual que lo llevan a la práctica en el día a día del Servicio Andaluz de Salud (SAS).

En Andalucía este marco tiene además un anclaje normativo explícito. La Ley 14/1986, General de Sanidad, orienta ya desde su articulado inicial el conjunto del sistema hacia la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad como criterio prioritario de toda actuación sanitaria:

Ese mandato de orientación preventiva y de planificación racional se desarrolla en Andalucía a través de la Ley 2/1998, de Salud de Andalucía, que da cobertura legal al Plan Andaluz de Salud como instrumento indicativo y marco de referencia de todas las actuaciones sanitarias autonómicas, y se despliega operativamente cada año mediante el Contrato Programa y los Acuerdos de Gestión, y de forma descentralizada mediante las Unidades de Gestión Clínica: la cadena completa, desde la macroplanificación estratégica hasta la microgestión de una unidad asistencial, es precisamente el hilo conductor de este tema.

2. IDENTIFICACIÓN DE PROBLEMAS DE SALUD Y PRIORIZACIÓN

Todo proceso de planificación arranca de una pregunta aparentemente simple: ¿cuáles son los problemas de salud de esta población? Responderla exige un diagnóstico de salud de la comunidad (o análisis de situación), que combina fuentes de información cuantitativas (indicadores demográficos, epidemiológicos, socioeconómicos y ambientales, registros administrativos, encuestas de salud) y cualitativas (percepción de necesidades por parte de la propia población y de los profesionales). Un problema de salud no es simplemente una enfermedad: puede ser también un factor de riesgo, una desigualdad en el acceso a los servicios, una carencia de recursos o una necesidad no cubierta.

El sociólogo británico Jonathan Bradshaw propuso una tipología de la necesidad que resulta muy útil para no confundir «lo que se necesita» con «lo que se demanda»: distingue la necesidad normativa (la que define el experto o el profesional según un estándar técnico), la necesidad sentida (la que percibe subjetivamente el propio individuo o comunidad), la necesidad expresada o demanda (la necesidad sentida que se traduce en una solicitud efectiva de servicios) y la necesidad comparativa (la que resulta de comparar la situación de un grupo con la de otro similar que sí recibe un servicio). Un buen diagnóstico de salud debe intentar aproximarse a las cuatro, porque limitarse a la demanda expresada infraestima sistemáticamente las necesidades de los colectivos con menor acceso a la información o a los servicios —precisamente los más vulnerables—.

Identificados los problemas, es materialmente imposible abordarlos todos a la vez con los recursos disponibles: hay que priorizar. La priorización no es una decisión arbitraria ni exclusivamente política, sino que se apoya en metodologías explícitas que buscan objetivar los criterios de elección. Los criterios clásicos de priorización de problemas de salud son:

Criterio Qué valora
Magnitud Frecuencia del problema en la población (incidencia, prevalencia, número de personas afectadas).
Trascendencia o gravedad Impacto del problema en términos de mortalidad, discapacidad, años de vida perdidos y repercusión social y económica.
Vulnerabilidad Existencia de intervenciones eficaces conocidas capaces de modificar el curso del problema.
Factibilidad Disponibilidad real de recursos, aceptabilidad social, legalidad y viabilidad política y económica de la intervención.

Uno de los métodos más difundidos para sistematizar esta priorización es el método de Hanlon (Hanlon y Pickett), que combina algebraicamente la magnitud y la trascendencia del problema con la eficacia de la solución disponible, y aplica finalmente un componente PEARL (Pertinencia, Factibilidad Económica, Aceptabilidad, Recursos disponibles y Legalidad) como filtro de viabilidad antes de dar por definitiva la priorización. Su valor no reside tanto en la precisión aritmética del resultado como en la transparencia y reproducibilidad del proceso: obliga a explicitar por qué un problema se aborda antes que otro, evitando que la priorización dependa únicamente de la presión asistencial del momento o de la sensibilidad coyuntural de los gestores.

Recuerda: priorizar no significa «elegir el problema más frecuente», sino ponderar frecuencia, gravedad, capacidad real de intervención y viabilidad. Un problema muy prevalente pero sin intervención eficaz conocida (baja vulnerabilidad) puede quedar por detrás de otro menos frecuente pero altamente evitable con los recursos y el conocimiento técnico disponibles.

Junto a las fuentes cuantitativas de indicadores, la identificación de problemas se enriquece con técnicas de diagnóstico participativo que incorporan la visión de los propios profesionales y de la comunidad, evitando que la planificación se construya exclusivamente «desde el despacho». Entre las más utilizadas destacan la técnica Delphi (consulta estructurada y anónima a un panel de expertos, en varias rondas sucesivas, hasta lograr un grado razonable de consenso sobre la importancia relativa de distintos problemas) y la técnica de grupo nominal (reunión presencial estructurada en la que cada participante genera y prioriza ideas de forma individual antes de someterlas a discusión y votación conjunta, minimizando el sesgo que introduce la opinión más dominante del grupo). Ambas técnicas son especialmente útiles cuando se quiere incorporar el criterio de los propios profesionales asistenciales —incluidos los logopedas— en la priorización de necesidades de una Unidad de Gestión Clínica o de un Distrito Sanitario, complementando así los indicadores puramente cuantitativos con el conocimiento experto de quienes atienden directamente a la población.

3. INDICADORES DEMOGRÁFICOS

Los indicadores demográficos describen la estructura y la dinámica de la población sobre la que se planifica, y son el primer bloque de información necesario porque toda necesidad de salud se expresa siempre sobre un denominador poblacional concreto. Se agrupan habitualmente en indicadores de estructura y de dinámica poblacional.

Los indicadores de estructura describen la composición de la población en un momento dado: la pirámide de población (distribución por edad y sexo), el índice de envejecimiento (proporción de población de 65 años o más respecto a la de menos de 15 años), el índice de dependencia (relación entre la población en edades teóricamente inactivas —menores de 15 y mayores de 64— y la población en edad activa) y la densidad de población. Estos indicadores son decisivos para dimensionar recursos: una pirámide envejecida exige planificar más recursos de cronicidad, rehabilitación y atención sociosanitaria; una pirámide con base ancha exige más recursos maternoinfantiles y de atención temprana, ámbito este último de especial relevancia para la Logopedia.

Los indicadores de dinámica describen los movimientos que modifican esa estructura a lo largo del tiempo: la tasa de natalidad (nacidos vivos por 1.000 habitantes y año), la tasa de fecundidad (nacidos vivos por 1.000 mujeres en edad fértil, habitualmente 15-49 años), la tasa de mortalidad general (defunciones por 1.000 habitantes y año), el crecimiento vegetativo (diferencia entre nacimientos y defunciones) y los saldos migratorios (diferencia entre inmigración y emigración). La combinación de crecimiento vegetativo y saldo migratorio determina el crecimiento real de la población, un dato imprescindible para proyectar la demanda futura de servicios sanitarios.

Perla de examen: distingue con precisión los conceptos de eficacia (resultado en condiciones ideales/experimentales), efectividad (resultado en condiciones reales de aplicación) y eficiencia (relación entre los resultados obtenidos y los recursos empleados para conseguirlos: «alcanzar los mejores resultados con los recursos disponibles»). Esta distinción conceptual es transversal a toda la planificación sanitaria y ha sido preguntada de forma literal. (Examen SAS Logopeda 2025, turno libre, pregunta 17.)

Las fuentes habituales de estos indicadores son el Padrón municipal de habitantes, el Movimiento Natural de la Población (nacimientos, defunciones, matrimonios, que recoge el Instituto Nacional de Estadística a partir del Registro Civil) y los censos de población y vivienda. En el ámbito sanitario andaluz, esta información demográfica se cruza sistemáticamente con la información clínico-asistencial a través de los sistemas de información corporativos del SAS, permitiendo segmentar la planificación por Distrito Sanitario, Área de Gestión Sanitaria o Zona Básica de Salud.

La representación gráfica clásica de la estructura poblacional es la pirámide de población, cuya forma orienta de un vistazo el tipo de planificación necesaria: una pirámide de base ancha y vértice estrecho (forma expansiva o progresiva) refleja una población joven, con alta natalidad, y exige priorizar recursos maternoinfantiles, de atención temprana y de programas de estimulación y cribado del desarrollo del lenguaje; una pirámide constrictiva, más estrecha en la base que en tramos intermedios, y sobre todo una pirámide regresiva o en forma de bulbo, con la base ya reducida y un ensanchamiento notable en los tramos de edad avanzada, es característica de las poblaciones envejecidas —el caso de buena parte de Andalucía en la actualidad— y exige priorizar los recursos de cronicidad, rehabilitación, atención a enfermedades neurodegenerativas y disfagia geriátrica, todos ellos ámbitos centrales de la práctica logopédica en el SAS. La comparación de las pirámides de población de distintos Distritos Sanitarios es, de hecho, una de las primeras herramientas que se utilizan al iniciar cualquier diagnóstico de salud territorial, porque anticipa de forma inmediata qué perfil de necesidades va a predominar en los años siguientes.

4. INDICADORES SOCIOECONÓMICOS

La salud no se distribuye de manera uniforme en la población: está fuertemente condicionada por el contexto social, económico y educativo en el que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen. Este es precisamente el objeto de estudio de los determinantes sociales de la salud, un marco conceptual consolidado desde el histórico Informe Lalonde (Canadá, 1974), que identificó cuatro grandes campos determinantes del nivel de salud de una población —la biología humana, el medio ambiente, los estilos de vida y el sistema de asistencia sanitaria—, y desarrollado posteriormente por la Comisión de Determinantes Sociales de la Salud de la OMS, que puso el foco en las desigualdades sociales como causa estructural («las causas de las causas») de las desigualdades en salud.

Entre los indicadores socioeconómicos más utilizados en planificación sanitaria destacan: el nivel de renta y su distribución (índices de pobreza y de desigualdad), la tasa de actividad, ocupación y paro, el nivel educativo de la población (tasa de analfabetismo, nivel de estudios alcanzado), las condiciones de vivienda (hacinamiento, acceso a servicios básicos) y la clase social ocupacional, utilizada habitualmente como proxy sintético de la posición socioeconómica en los estudios epidemiológicos españoles.

Por qué importa al logopeda: el nivel socioeconómico y educativo familiar es uno de los predictores más consistentes del desarrollo del lenguaje infantil (estimulación lingüística en el hogar, acceso a atención temprana, retraso en la consulta) y también condiciona el acceso a la rehabilitación tras un daño cerebral adquirido o una laringuectomía. Un buen diagnóstico de salud de un Distrito debe incorporar estos indicadores para dirigir programas de cribado del desarrollo del lenguaje hacia las zonas de mayor vulnerabilidad social.

La combinación sistemática de indicadores demográficos y socioeconómicos con indicadores sanitarios es lo que permite construir mapas de desigualdades en salud dentro de un mismo territorio, herramienta imprescindible para orientar la planificación hacia el principio de equidad, entendida no como dar lo mismo a todos, sino como dar a cada uno según su necesidad para reducir las diferencias evitables e injustas en el estado de salud.

Un concepto que conviene manejar con precisión en este bloque es el de gradiente social de la salud: las desigualdades en salud no se distribuyen únicamente entre los extremos de riqueza y pobreza, sino de forma escalonada a lo largo de toda la jerarquía social, de manera que cada peldaño que se desciende en la posición socioeconómica se asocia a un peor nivel de salud, incluso entre grupos que no pueden calificarse de «pobres» en sentido estricto. Este hallazgo, procedente de los estudios epidemiológicos británicos (los denominados Whitehall studies), es uno de los argumentos centrales que sustentan la necesidad de políticas de reducción de desigualdades dirigidas a toda la escala social y no solo a los colectivos en situación de exclusión. En la planificación de servicios de Logopedia, este gradiente se traduce en la necesidad de vigilar que el acceso a la atención temprana, al cribado auditivo o a la rehabilitación tras un daño cerebral no dependa del nivel de renta o del nivel educativo de la familia, sino exclusivamente de la necesidad clínica objetivada.

5. INDICADORES DEL NIVEL DE SALUD

Los indicadores de nivel de salud miden directamente el estado de salud de la población y constituyen el núcleo del diagnóstico epidemiológico. Se organizan clásicamente en indicadores de mortalidad, de morbilidad y de estado de salud percibido / calidad de vida.

Entre los indicadores de mortalidad: la tasa de mortalidad general, las tasas de mortalidad específica (por edad, sexo o causa), la tasa de mortalidad infantil (defunciones de menores de un año por 1.000 nacidos vivos, indicador clásico y muy sensible del nivel de desarrollo socioeconómico y sanitario de una población), la mortalidad perinatal y la esperanza de vida al nacer (años que se espera que viva en promedio un recién nacido si se mantuvieran las condiciones de mortalidad actuales). Un indicador especialmente relevante para la planificación es el de los Años Potenciales de Vida Perdidos (APVP), que pondera la mortalidad por la edad a la que se produce: una muerte prematura evitable (por ejemplo, por accidente de tráfico o suicidio en un adulto joven) «pesa» mucho más en este indicador que un fallecimiento en edad avanzada, lo que ayuda a priorizar problemas de salud con gran impacto social aunque su tasa bruta de mortalidad no sea la más alta.

Entre los indicadores de morbilidad: la incidencia (casos nuevos de una enfermedad en un periodo de tiempo, expresión de la velocidad de aparición del problema) y la prevalencia (casos existentes, nuevos y antiguos, en un momento dado, expresión de la carga acumulada del problema en la población), ambas imprescindibles para dimensionar recursos asistenciales y de rehabilitación. La prevalencia es especialmente relevante para planificar servicios de Logopedia, dado que muchos de los trastornos que aborda esta disciplina (afasia tras ictus, disfagia en enfermedades neurodegenerativas, hipoacusia) son procesos crónicos con alta prevalencia acumulada aunque su incidencia anual sea moderada.

Un tercer bloque, cada vez más relevante en la planificación sanitaria contemporánea, son los indicadores compuestos de carga de enfermedad, que combinan mortalidad y morbilidad en una sola medida: los Años de Vida Ajustados por Discapacidad (AVAD, o DALY en su sigla inglesa), que suman los años perdidos por muerte prematura y los años vividos con discapacidad ponderados por su gravedad, y los indicadores de Calidad de Vida Relacionada con la Salud (CVRS), que recogen la percepción subjetiva del propio individuo sobre su bienestar físico, psíquico y social, habitualmente mediante cuestionarios estandarizados (por ejemplo, el EuroQol-5D o el SF-36).

Perla de examen: conviene distinguir con rigor terminológico los indicadores de frecuencia (incidencia, prevalencia) de los indicadores de impacto poblacional (mortalidad, APVP, AVAD) y de los de percepción subjetiva (CVRS): en exámenes de esta categoría se ha preguntado directamente por la definición operativa de indicadores relacionados con pruebas diagnósticas y con la evaluación de necesidades de salud (sensibilidad, especificidad, valores predictivos), un bloque que conviene repasar de forma cruzada con el Tema 20 de estadística e investigación. (Examen SAS Logopeda 2022, turno libre, pregunta 14.)

Un aspecto técnico que conviene dominar para no interpretar mal estos indicadores es la diferencia entre tasas brutas y tasas ajustadas o estandarizadas. Comparar directamente la tasa bruta de mortalidad de dos Distritos Sanitarios con estructuras de edad muy distintas puede llevar a conclusiones erróneas, porque un Distrito con población más envejecida tendrá, solo por ese motivo, una mortalidad bruta más alta, aunque su nivel real de salud sea equiparable o incluso mejor. La estandarización de tasas (por el método directo, aplicando a ambas poblaciones una estructura de edad de referencia común, o por el método indirecto, comparando la mortalidad observada con la esperada según una población tipo) corrige este efecto y permite comparaciones válidas entre territorios o a lo largo del tiempo. Este mismo principio de ajuste por estructura de edad es el que justifica que, al comparar la prevalencia de trastornos como la disfagia o la afasia entre distintas Áreas de Gestión Sanitaria, sea necesario tener en cuenta el diferente grado de envejecimiento de cada población antes de extraer conclusiones sobre la calidad o la cobertura de los servicios logopédicos prestados.

6. INDICADORES MEDIOAMBIENTALES

El medio ambiente es, junto con la biología humana, los estilos de vida y el sistema sanitario, uno de los cuatro grandes determinantes de la salud descritos en el Informe Lalonde, y su peso relativo en la planificación sanitaria ha crecido de forma notable en las últimas décadas ante la evidencia acumulada sobre el impacto de la contaminación, el cambio climático y las condiciones del entorno físico en la morbimortalidad de la población.

Entre los indicadores medioambientales más utilizados en los diagnósticos de salud comunitaria se encuentran: la calidad del aire (concentración de partículas en suspensión, ozono troposférico, óxidos de nitrógeno, con impacto directo sobre patología respiratoria y cardiovascular), la calidad del agua de consumo (parámetros microbiológicos y químicos, cobertura de abastecimiento y saneamiento), la gestión de residuos urbanos e industriales, el ruido ambiental, la exposición a contaminantes químicos y radiación, y de forma creciente los indicadores relacionados con el cambio climático (olas de calor, patrones de enfermedades transmitidas por vectores). Estos indicadores se recogen a través de redes de vigilancia ambiental, en Andalucía coordinadas por la Consejería competente en materia de medio ambiente en colaboración con la Consejería de Salud, y se integran en los sistemas de vigilancia epidemiológica ambiental.

Dentro de los indicadores medioambientales, el ruido ambiental y laboral merece una mención específica desde la perspectiva logopédica: la exposición mantenida a niveles de ruido elevados, tanto en el entorno urbano (tráfico, industria) como en determinados puestos de trabajo (industria pesada, entornos con maquinaria ruidosa, música amplificada), es un factor de riesgo bien establecido de hipoacusia inducida por ruido, y su vigilancia mediante indicadores específicos (mapas de ruido municipales, mediciones de exposición sonora laboral) permite dirigir programas de prevención primaria —uso de protección auditiva, límites de exposición— hacia los colectivos y territorios de mayor riesgo, en coordinación estrecha con los servicios de Prevención de Riesgos Laborales descritos en el Tema 6 de este temario.

Información: la incorporación sistemática de indicadores medioambientales al diagnóstico de salud es una de las señas de identidad del enfoque de salud en todas las políticas, que reconoce que buena parte de los determinantes de la salud de una población escapan al propio sistema sanitario y dependen de políticas urbanísticas, industriales, de transporte o energéticas, lo que exige una planificación sanitaria necesariamente intersectorial.

7. ELABORACIÓN DE PROGRAMAS DE SALUD

Una vez identificados y priorizados los problemas de salud a partir del conjunto de indicadores anteriores, la planificación se concreta operativamente en programas de salud: un conjunto organizado, coherente e integrado de actividades y servicios, realizados simultánea o sucesivamente, con los recursos necesarios y con la finalidad de alcanzar unos objetivos determinados en relación con un problema de salud concreto. Un programa de salud es, en definitiva, la respuesta técnica y organizativa a una prioridad previamente identificada, y su elaboración sigue una secuencia de fases claramente diferenciadas.

La primera fase es el análisis o diagnóstico de la situación, que reutiliza toda la información generada en los epígrafes anteriores (indicadores demográficos, socioeconómicos, de salud y medioambientales) referida específicamente al problema que aborda el programa. La segunda fase es la formulación de objetivos, que deben ser específicos, medibles, alcanzables, relevantes y acotados en el tiempo (principio conocido habitualmente por el acrónimo SMART), distinguiendo entre objetivos generales (formulación amplia, orientadora, del propósito último del programa) y objetivos específicos u operativos (formulaciones concretas y cuantificables, verificables mediante indicadores, que se despliegan de los generales). La tercera fase es el diseño de las actividades y estrategias necesarias para alcanzar esos objetivos, especificando quién las realiza, dónde, cuándo y con qué metodología. La cuarta fase es la asignación de recursos (humanos, materiales, financieros y de tiempo) y la elaboración de un cronograma de ejecución. La quinta fase es la ejecución propiamente dicha del programa. Y la sexta y última fase, que cierra el ciclo y lo retroalimenta, es la evaluación, que se desarrolla en el epígrafe siguiente por su especial relevancia y complejidad.

Idea clave: un programa de salud bien diseñado tiene que ser capaz de responder con claridad a cinco preguntas: qué problema aborda (diagnóstico), qué pretende conseguir (objetivos), cómo lo va a conseguir (actividades y estrategias), con qué (recursos) y cómo va a comprobar si lo ha conseguido (evaluación). La ausencia de cualquiera de estos elementos convierte una buena intención en un programa mal formulado y de difícil rendición de cuentas.

En el ámbito del Sistema Sanitario Público de Andalucía, la elaboración de programas de salud se enmarca en un nivel superior de planificación estratégica constituido por los Planes Integrales (documentos que abordan de forma transversal un problema de salud de especial relevancia epidemiológica, articulando la respuesta de distintos niveles asistenciales y sectores) y por los grandes instrumentos de planificación estratégica de la Comunidad Autónoma, entre los que se encuentran el Plan Andaluz de Salud y, más recientemente, la Estrategia de Salud de Andalucía 2030.

Perla de examen: el artículo 30 de la Ley 2/1998, de Salud de Andalucía, establece que las líneas directivas y de planificación de actividades, programas y recursos necesarios para alcanzar la finalidad de la ley constituyen el Plan Andaluz de Salud, marco de referencia e instrumento indicativo de todas las actuaciones sanitarias en Andalucía, cuya vigencia fija el propio plan. El IV Plan Andaluz de Salud estaba diseñado para el periodo 2013-2020; el 16 de mayo de 2023 el Consejo de Gobierno aprobó la formulación de su sucesora, la Estrategia de Salud de Andalucía 2030. (Examen SAS Logopeda 2023, estabilización, pregunta 3.)

8. EVALUACIÓN DE PROGRAMAS DE SALUD

Evaluar un programa de salud consiste en comparar sistemáticamente lo conseguido con lo planificado, con el fin de conocer su grado de éxito, identificar problemas de implementación y generar la información necesaria para su corrección o continuidad. El marco conceptual de referencia para organizar cualquier evaluación de servicios y programas sanitarios sigue siendo el propuesto por Avedis Donabedian, que distingue tres dimensiones complementarias y no excluyentes:

Dimensión de evaluación Qué mide Ejemplo
Evaluación de estructura Los recursos disponibles para desarrollar el programa: personal, instalaciones, equipamiento, organización. Número de logopedas por Distrito Sanitario; disponibilidad de material de exploración de la deglución.
Evaluación de proceso Cómo se desarrollan realmente las actividades y si se ajustan a lo planificado (protocolos, cobertura). Porcentaje de pacientes con ictus a los que se aplica el cribado de disfagia en las primeras 24 horas.
Evaluación de resultado El impacto final del programa sobre el estado de salud, la calidad de vida o la satisfacción de la población. Reducción de la tasa de neumonías aspirativas en el Área tras implantar el programa de cribado.

Junto a esta tríada estructura-proceso-resultado, la evaluación de un programa de salud debe atender también a criterios clásicos de calidad, con frecuencia agrupados bajo el acrónimo de las 7 Aes o similares: eficacia, efectividad, eficiencia, adecuación (grado en que el servicio prestado responde a la necesidad real), accesibilidad, aceptabilidad (satisfacción de usuarios y profesionales) y continuidad asistencial. Una evaluación de calidad debe combinar indicadores cuantitativos (los propios de estructura, proceso y resultado) con metodologías cualitativas que recojan la perspectiva de los profesionales y de la ciudadanía.

Atención — error común: evaluar únicamente el proceso (por ejemplo, «se realizaron 500 cribados de deglución») sin evaluar el resultado (si esos cribados redujeron realmente las complicaciones) da una imagen incompleta y puede llevar a conclusiones erróneas sobre la eficacia real de un programa. La evaluación de resultado es la más costosa de obtener, pero es la que legitima la continuidad o modificación del programa.

En el SSPA, esta cultura de evaluación se apoya institucionalmente en la Agencia de Calidad Sanitaria de Andalucía (ACSA), en las Comisiones de Calidad y Comisiones Clínicas de los centros, y en el propio sistema de Contrato Programa y Acuerdos de Gestión, que incorporan indicadores de estructura, proceso y resultado como base de la rendición de cuentas anual de cada centro y de cada profesional, tal y como se desarrolla en los epígrafes 10 y 11 de este tema.

Desde el punto de vista metodológico, conviene distinguir además la evaluación formativa (la que se realiza durante la propia ejecución del programa, con el fin de introducir correcciones sobre la marcha) de la evaluación sumativa (la que se realiza al finalizar un periodo determinado, con el fin de valorar globalmente su impacto y decidir sobre su continuidad, modificación sustancial o finalización). Un sistema de planificación maduro combina ambas: indicadores de seguimiento periódico —mensual o trimestral— que permiten reorientar el programa mientras se está ejecutando, e indicadores de evaluación final —habitualmente anual, coincidiendo con el ciclo del Contrato Programa y de los Acuerdos de Gestión— que sirven de base para la memoria de resultados y para la planificación del ejercicio siguiente.

9. NIVELES DE PREVENCIÓN: PRIMARIA, SECUNDARIA, TERCIARIA Y CUATERNARIA

La clasificación clásica de los niveles de prevención fue formulada por Leavell y Clark en su modelo de la historia natural de la enfermedad (1965), que distingue tres momentos de intervención en función del punto del proceso salud-enfermedad en que se actúa. Décadas después, el médico belga Marc Jamoulle añadió un cuarto nivel, la prevención cuaternaria, cada vez más presente en la planificación sanitaria contemporánea ante el problema creciente del sobrediagnóstico y la sobreintervención.

Nivel Momento de actuación Objetivo Ejemplo en Logopedia
Primaria Antes de que aparezca la enfermedad (periodo prepatogénico). Evitar la aparición del problema: promoción de la salud y protección específica. Campañas de higiene vocal en profesionales de la voz; programas de estimulación del lenguaje en la primera infancia; prevención de hábitos orales lesivos.
Secundaria Fase inicial, asintomática o poco sintomática, de la enfermedad ya presente. Diagnóstico precoz y tratamiento oportuno. Cribado auditivo neonatal universal; cribado de disfagia en las primeras horas tras un ictus.
Terciaria Enfermedad ya establecida, con secuelas o discapacidad instauradas. Limitar la discapacidad y rehabilitar la función perdida. Rehabilitación logopédica de la afasia tras un ictus; terapia vocal tras laringuectomía parcial.
Cuaternaria Ante una intervención sanitaria potencialmente innecesaria o excesiva. Evitar o atenuar las consecuencias de la sobremedicalización, el sobrediagnóstico y el sobretratamiento. No derivar de forma sistemática a intervención logopédica intensiva una disfluencia evolutiva normal del habla infantil entre los 2 y los 5 años, evitando etiquetar y sobretratar un proceso madurativo típico.

Conviene detenerse en la prevención primaria, porque a su vez se subdivide clásicamente en dos grandes estrategias: la promoción de la salud (actuaciones dirigidas a toda la población, no específicas de una enfermedad concreta, orientadas a favorecer estilos de vida y entornos saludables: educación para la salud, campañas comunitarias) y la protección específica (medidas dirigidas a evitar la aparición de una enfermedad concreta en personas sanas: vacunación, fluoración del agua, uso de equipos de protección auditiva frente al ruido laboral). En el ámbito logopédico, la protección específica incluye por ejemplo la formación en higiene vocal de docentes y cantantes, o la protección auditiva en trabajadores expuestos a ruido industrial para prevenir la hipoacusia inducida por ruido.

La prevención secundaria se apoya en el concepto de cribado o screening: la aplicación sistemática de una prueba sencilla, válida y aceptable a una población aparentemente sana para identificar precozmente a quienes tienen una alta probabilidad de padecer el problema, sin que ello constituya un diagnóstico definitivo. El ejemplo paradigmático en el ámbito de la Logopedia es el cribado auditivo neonatal universal, que permite detectar hipoacusias congénitas dentro de la llamada «ventana de oportunidad» de los primeros meses de vida, periodo crítico para el desarrollo del lenguaje oral. Para que un cribado esté justificado desde el punto de vista de la planificación sanitaria debe cumplir los clásicos criterios de Wilson y Jungner (OMS, 1968): que el problema sea importante, que exista un tratamiento eficaz disponible, que la prueba sea válida, fiable, segura y aceptable para la población, y que el coste del cribado esté equilibrado respecto al gasto sanitario global.

La prevención terciaria es, con diferencia, el nivel en el que se concentra la mayor parte de la actividad clínica ordinaria del logopeda en el SAS: una vez instaurado el daño (afasia, disartria, disfagia, hipoacusia, disfonía orgánica), la intervención logopédica tiene como objetivo limitar la discapacidad resultante y maximizar la funcionalidad y la calidad de vida de la persona, en muchos casos dentro de equipos interdisciplinares de rehabilitación.

Perla de examen: las disfluencias del habla que aparecen entre los 2 y los 5 años forman parte, según la mayoría de autores, de un proceso normal del desarrollo del lenguaje infantil; distinguir cuándo esas disfluencias son evolutivas (y por tanto no requieren intervención intensiva inmediata, en línea con la lógica de la prevención cuaternaria) de cuándo son ya indicativas de una tartamudez incipiente que sí requiere valoración, es un contenido que se ha preguntado de forma explícita. (Examen SAS Logopeda 2025, turno libre, pregunta 123.)
Idea clave sobre la prevención cuaternaria: no consiste en «no hacer nada», sino en aplicar el principio de proporcionalidad de la intervención: identificar a las personas o grupos en riesgo de sobremedicalización y protegerlos de intervenciones innecesarias, minimizando así el daño iatrogénico y optimizando el uso de unos recursos sanitarios que son, por definición, limitados.

10. EL CONTRATO PROGRAMA COMO INSTRUMENTO DE PLANIFICACIÓN ESTRATÉGICA

Toda la planificación estratégica descrita hasta ahora —el diagnóstico de salud construido a partir de indicadores, la priorización de problemas, el diseño de programas y su evaluación— necesita un instrumento que la traduzca en compromisos concretos, anuales y verificables entre la administración sanitaria central y cada uno de los centros que prestan la asistencia. Ese instrumento es, en el Servicio Andaluz de Salud, el Contrato Programa.

Perla de examen: el Contrato Programa es el instrumento del que se dota la Dirección Gerencia del SAS para establecer las actividades a realizar por sus centros, los recursos de que éstos dispondrán, así como el marco y la dinámica de sus relaciones, habitualmente para un periodo anual. Es una definición que ha sido preguntada de forma literal, con distractores como «Plan de Salud», «Acuerdo de Gestión» o «Pacto Anual SAS» que conviene no confundir. (Examen SAS Logopeda 2025, turno libre, pregunta 18.)

El Contrato Programa se firma, con periodicidad habitualmente anual, entre la Dirección Gerencia del SAS y cada uno de sus centros —Hospitales, Distritos de Atención Primaria, Áreas de Gestión Sanitaria y la Red Andaluza de Medicina Transfusional, Tejidos y Células—, y constituye el instrumento central de planificación estratégica descentralizada y de control de gestión del sistema sanitario público andaluz: fija los objetivos asistenciales, de calidad y de eficiencia que cada centro debe alcanzar, los recursos económicos, humanos y materiales de los que dispondrá para ello, y el conjunto de indicadores mediante los cuales se evaluará su grado de cumplimiento al final del periodo. Es, en definitiva, la bisagra que conecta la planificación estratégica de la Comunidad Autónoma (Plan Andaluz de Salud, Estrategia de Salud de Andalucía 2030) con la gestión operativa de cada centro concreto.

Los sucesivos Contratos Programa del SAS han ido incorporando de forma explícita las perspectivas estratégicas prioritarias que deben orientar todos los objetivos del periodo. Estas perspectivas no son un detalle menor: constituyen el «para qué» de todo el sistema de indicadores del contrato, y su conocimiento preciso —incluyendo cuáles NO figuran entre ellas— ha sido objeto de pregunta directa en convocatorias recientes.

Perla de examen: el Contrato Programa 2023 del SAS establece tres perspectivas prioritarias hacia las que se orientan todos sus objetivos: garantizar la accesibilidad, una asistencia humanizada y la eficiencia. El desarrollo de los profesionales, aunque es un objetivo relevante de la gestión de personas en el SAS (véase el Tema 16), no figura entre estas tres perspectivas explícitas del Contrato Programa. (Examen SAS Logopeda 2023, estabilización, pregunta 9.)

Desde el punto de vista de la teoría de la planificación, el Contrato Programa puede entenderse como una aplicación práctica de la gestión por objetivos: en lugar de asignar recursos y limitarse a controlar su uso (gestión tradicional, centrada en el gasto), se pactan resultados esperados y se evalúa el grado de consecución de esos resultados, dejando a cada centro un margen de autonomía de gestión para decidir cómo organizar sus recursos con el fin de alcanzarlos. Este mismo principio de gestión por objetivos y de responsabilización sobre resultados es el que se traslada, un escalón más abajo en la estructura organizativa, a los Acuerdos de Gestión y a las Unidades de Gestión Clínica.

11. LOS ACUERDOS DE GESTIÓN

Si el Contrato Programa es el pacto estratégico entre la Dirección Gerencia del SAS y cada centro (Hospital, Distrito, Área de Gestión Sanitaria), el Acuerdo de Gestión es el instrumento mediante el cual ese mismo esquema de planificación por objetivos se despliega dentro del centro, hacia sus unidades organizativas internas —fundamentalmente hacia las Unidades de Gestión Clínica—. Se trata, por tanto, de una cascada de planificación estratégica: el Plan Andaluz de Salud (o la Estrategia de Salud de Andalucía 2030) marca las grandes prioridades autonómicas; el Contrato Programa las traduce en objetivos y recursos anuales para cada centro; y el Acuerdo de Gestión los desagrega, dentro de ese centro, en objetivos específicos, indicadores y, en su caso, incentivos vinculados al grado de cumplimiento, para cada unidad asistencial y sus profesionales.

Idea clave: no confundir Contrato Programa y Acuerdo de Gestión. El Contrato Programa vincula a la Dirección Gerencia del SAS con el centro (Hospital, Distrito, Área de Gestión Sanitaria); el Acuerdo de Gestión vincula a la dirección del centro con sus unidades internas (típicamente Unidades de Gestión Clínica). Son eslabones sucesivos de la misma cadena de planificación estratégica descentralizada, no instrumentos independientes ni alternativos.

Los Acuerdos de Gestión incorporan habitualmente objetivos de tres tipos, coherentes con las perspectivas del Contrato Programa del que derivan: objetivos asistenciales y de accesibilidad (actividad realizada, tiempos de respuesta, cartera de servicios), objetivos de calidad y seguridad del paciente (adecuación a guías de práctica clínica, gestión de eventos adversos) y objetivos de eficiencia y uso racional de recursos (control del gasto, uso adecuado de pruebas complementarias y tratamientos). El grado de cumplimiento de estos objetivos se evalúa anualmente y puede vincularse a componentes retributivos de carácter variable ligados a la carrera profesional y a los sistemas de incentivación del desempeño profesional en el SAS.

Este modelo de gestión mediante acuerdos y objetivos pactados es, además, uno de los mecanismos por los que se materializa en la práctica diaria el principio de gestión clínica compartida, que sitúa a los propios profesionales asistenciales —y no solo a la estructura directiva— como corresponsables de la planificación, la organización y el uso eficiente de los recursos de su unidad, principio que enlaza directamente con el objeto del siguiente epígrafe.

Un rasgo característico del Acuerdo de Gestión, que lo diferencia de una simple asignación presupuestaria, es su carácter bidireccional y negociado: no es un documento que la dirección del centro impone unilateralmente a la unidad, sino el resultado de un proceso de negociación en el que la propia unidad —a través de su dirección y, cada vez con más frecuencia, de sus profesionales de referencia— participa en la fijación de objetivos realistas y alcanzables con los recursos disponibles, a cambio de asumir un compromiso explícito de resultados. Esta lógica de contrato interno es la que legitima, desde el punto de vista de la gestión de personas, la vinculación de una parte de la carrera profesional y de los complementos de productividad al grado de cumplimiento de los objetivos pactados, y constituye uno de los principales mecanismos de motivación e implicación de los profesionales sanitarios —incluidos los logopedas— con los resultados globales de su Unidad de Gestión Clínica.

12. LAS UNIDADES DE GESTIÓN CLÍNICA

La Unidad de Gestión Clínica (UGC) es el modelo organizativo con el que el Servicio Andaluz de Salud ha desarrollado, desde comienzos de los años 2000, la descentralización de la gestión hacia el nivel asistencial más próximo al paciente. Frente al modelo jerárquico tradicional, en el que las decisiones de organización, presupuesto y recursos se tomaban de forma centralizada en la dirección del centro, la UGC traslada esa capacidad de decisión a los propios profesionales sanitarios organizados en torno a un proceso asistencial o a un ámbito territorial y poblacional determinado, bajo la premisa de que quien conoce mejor las necesidades clínicas del paciente y la forma más eficiente de organizarse es el propio equipo asistencial.

Una Unidad de Gestión Clínica se caracteriza, con carácter general, por: la integración de profesionales de distintas categorías (medicina, enfermería, y en las unidades de base poblacional también otros perfiles asistenciales) en torno a un proceso asistencial o a una población de referencia; la existencia de una dirección propia (dirección de la UGC) elegida habitualmente entre los propios profesionales; la disposición de un presupuesto y una capacidad de gestión de recursos descentralizados; y la firma de un Acuerdo de Gestión anual con la dirección del centro, con sus correspondientes objetivos e indicadores, tal y como se ha descrito en el epígrafe anterior. Existen Unidades de Gestión Clínica tanto en el ámbito de la Atención Primaria (organizadas habitualmente en torno al Centro de Salud y su población adscrita) como en el de la Atención Hospitalaria (organizadas en torno a un servicio o a un proceso asistencial, por ejemplo una UGC de Rehabilitación y Fisioterapia, en la que con frecuencia se integra funcionalmente la Logopedia).

Perla de examen: la Guía de diseño y mejora continua de procesos asistenciales integrados (Consejería de Salud, 2ª edición, 2009) señala entre los principios básicos del modelo de atención sanitaria basada en la gestión por procesos la potenciación y desarrollo de la Gestión Clínica, entendida como la participación activa de los profesionales clínicos en la toma de decisiones sobre organización y recursos, con el fin de mejorar la eficiencia y la calidad asistencial. (Examen SAS Logopeda 2025, turno libre, pregunta 24.)
Perla de examen: el IV Plan Andaluz de Salud recoge entre sus compromisos estratégicos la declaración de «situar el Sistema Sanitario Público de Andalucía al servicio de la ciudadanía con el liderazgo de los y las profesionales, potenciando el espacio compartido de la gestión clínica«. No se trata de un precepto legal ni de un objetivo del Estatuto de Autonomía, sino de un compromiso estratégico formulado en dicho Plan. (Examen SAS Logopeda 2022, turno libre, pregunta 7.)

Es fundamental no confundir la Unidad de Gestión Clínica con el Área de Gestión Sanitaria: mientras que la UGC es una unidad organizativa de base, centrada en un proceso o servicio asistencial concreto, el Área de Gestión Sanitaria es una demarcación territorial de rango superior que integra de forma unitaria la gestión de la atención primaria, la atención hospitalaria y la salud pública de un territorio, evitando la fragmentación entre niveles asistenciales.

Perla de examen: las Áreas de Gestión Sanitaria en Andalucía son responsables de la gestión unitaria de los dispositivos asistenciales tanto de la atención primaria como de la atención hospitalaria, así como de la salud pública, en una demarcación territorial específica, y de las prestaciones y programas sanitarios a desarrollar en ella; no se limitan, por tanto, ni solo a primaria y hospitalaria sin salud pública, ni exclusivamente a un conjunto de Unidades de Gestión Clínica. (Examen SAS Logopeda 2022, turno libre, pregunta 8.)

El resultado de este modelo es una estructura de planificación en cascada, coherente y de doble sentido: de arriba abajo, las prioridades estratégicas autonómicas se despliegan en objetivos cada vez más concretos (Plan Andaluz de Salud / Estrategia de Salud de Andalucía 2030 → Contrato Programa → Acuerdo de Gestión → actividad diaria de la UGC); de abajo arriba, la información generada por la actividad asistencial de cada UGC —sus indicadores de estructura, proceso y resultado— retroalimenta la evaluación de los Acuerdos de Gestión, del Contrato Programa y, en última instancia, del propio diagnóstico de salud de la población que inicia un nuevo ciclo de planificación.

13. APLICACIÓN PRÁCTICA: EL PAPEL DEL LOGOPEDA EN LA PLANIFICACIÓN Y LA GESTIÓN CLÍNICA

Para el logopeda del SAS, este tema no es un contenido puramente teórico o «de oposición»: describe el marco organizativo real en el que se desarrolla su práctica clínica diaria. El logopeda participa en la planificación sanitaria en varios niveles concretos.

En primer lugar, como fuente de datos para el diagnóstico de salud: los registros de actividad logopédica (número de cribados auditivos neonatales realizados, número de pacientes con disfagia atendidos tras un ictus, tiempos de espera para la primera consulta de un trastorno del lenguaje infantil) alimentan los indicadores de morbilidad y de proceso que sustentan la planificación de recursos del Distrito o del Área de Gestión Sanitaria. En segundo lugar, como agente de prevención en sus cuatro niveles: participa en programas de prevención primaria (higiene vocal, estimulación temprana del lenguaje), de prevención secundaria (cribado auditivo neonatal, cribado de disfagia), de prevención terciaria (la mayor parte de su actividad clínica ordinaria: rehabilitación de la afasia, la disartria, la disfonía o la disfagia) y, cada vez más, de prevención cuaternaria (evitar sobrediagnosticar como patológicas disfluencias evolutivas normales del habla infantil, o evitar intervenciones logopédicas de intensidad desproporcionada a la necesidad real del paciente).

En tercer lugar, como profesional integrado en la gestión clínica: cuando la Logopedia se organiza funcionalmente dentro de una Unidad de Gestión Clínica (con frecuencia junto a Rehabilitación y Fisioterapia, o dentro de Unidades específicas de Otorrinolaringología, Neurología o Atención Temprana), el logopeda participa —directamente o a través de sus representantes en la dirección de la UGC— en la definición de los objetivos del Acuerdo de Gestión de su unidad, en la organización de la agenda asistencial, en la priorización de la lista de espera según criterios clínicos explícitos y en la evaluación de los resultados obtenidos, contribuyendo así de forma directa a la eficiencia y la calidad del servicio que presta el SSPA.

Idea clave: comprender el ciclo completo de planificación —del indicador demográfico al Contrato Programa, y de este al Acuerdo de Gestión de la propia Unidad de Gestión Clínica— permite al logopeda entender por qué se le pide registrar determinada actividad, por qué existen determinados objetivos de tiempos de respuesta o de cobertura de cribados, y cómo su práctica clínica individual se conecta con la planificación estratégica de la salud de toda la población andaluza.

Finalmente, el logopeda es también un agente de mejora continua dentro de su Unidad de Gestión Clínica: la participación en Comisiones de Calidad o en grupos de mejora, la elaboración o actualización de protocolos de cribado y de intervención basados en la evidencia, y la propuesta razonada de nuevos indicadores de proceso o de resultado específicos de la actividad logopédica (por ejemplo, el tiempo medio hasta la primera consulta de un trastorno del lenguaje infantil derivado desde Atención Primaria, o la tasa de neumonías aspirativas evitadas tras la implantación de un programa de cribado de disfagia) son formas concretas de intervenir activamente en el ciclo de planificación descrito en este tema, en lugar de limitarse a ser un mero ejecutor pasivo de objetivos fijados por terceros.

14. IDEAS CLAVE PARA EL REPASO

La planificación sanitaria es un ciclo continuo (analizar-priorizar-programar-ejecutar-evaluar) que parte de la identificación de problemas de salud mediante indicadores demográficos, socioeconómicos, de nivel de salud y medioambientales, y que utiliza metodologías explícitas de priorización (magnitud, trascendencia, vulnerabilidad, factibilidad; método de Hanlon) para decidir qué abordar primero. Esa priorización se traduce en programas de salud, cuya elaboración sigue siempre las mismas fases (diagnóstico, objetivos, actividades, recursos, ejecución, evaluación) y cuya evaluación se organiza según el clásico esquema de Donabedian (estructura, proceso, resultado).

Toda intervención sanitaria, incluida la logopédica, se sitúa en alguno de los cuatro niveles de prevención —primaria, secundaria, terciaria y cuaternaria (Leavell y Clark; Jamoulle)—, y saber ubicar cada actuación concreta en su nivel correcto es un contenido de examen recurrente. Finalmente, en el SSPA la planificación estratégica se despliega mediante una cadena de instrumentos jerarquizados y complementarios: el Plan Andaluz de Salud / Estrategia de Salud de Andalucía 2030 marca las grandes prioridades autonómicas; el Contrato Programa las traduce en objetivos y recursos anuales pactados entre la Dirección Gerencia del SAS y cada centro; el Acuerdo de Gestión despliega esos objetivos dentro del centro hacia sus Unidades de Gestión Clínica, que son el nivel organizativo en el que los propios profesionales asistenciales, incluido el logopeda, participan de forma directa en la gestión de sus propios recursos y resultados.

15. MAPA CONCEPTUAL

PLANIFICACIÓN SANITARIA

├── CICLO DE PLANIFICACIÓN (Pineault y Daveluy)
│ └── Analizar → Priorizar → Programar → Ejecutar → Evaluar → (retroalimenta)

├── IDENTIFICACIÓN DE PROBLEMAS
│ ├── Tipos de necesidad (Bradshaw) → normativa · sentida · expresada · comparativa
│ └── Priorización → magnitud · trascendencia · vulnerabilidad · factibilidad (método de Hanlon/PEARL)

├── INDICADORES
│ ├── Demográficos → estructura (pirámide, envejecimiento) · dinámica (natalidad, mortalidad, migración)
│ ├── Socioeconómicos → renta, empleo, educación, vivienda (determinantes sociales, Informe Lalonde)
│ ├── Nivel de salud → mortalidad (APVP) · morbilidad (incidencia/prevalencia) · AVAD/DALY · CVRS
│ └── Medioambientales → calidad de aire y agua · residuos · cambio climático

├── PROGRAMAS DE SALUD
│ ├── Elaboración → diagnóstico · objetivos SMART · actividades · recursos · ejecución
│ └── Evaluación (Donabedian) → estructura · proceso · resultado

├── NIVELES DE PREVENCIÓN (Leavell y Clark + Jamoulle)
│ ├── Primaria → promoción de salud + protección específica
│ ├── Secundaria → cribado (criterios de Wilson y Jungner) + diagnóstico precoz
│ ├── Terciaria → rehabilitación y limitación de la discapacidad
│ └── Cuaternaria → evitar el sobrediagnóstico y la sobreintervención

└── INSTRUMENTOS DE PLANIFICACIÓN ESTRATÉGICA EN EL SAS
├── Plan Andaluz de Salud / Estrategia de Salud de Andalucía 2030 (marco autonómico, Ley 2/1998 art. 30)
├── Contrato Programa → Dirección Gerencia SAS ↔ centro (anual; accesibilidad, humanización, eficiencia)
├── Acuerdo de Gestión → centro ↔ Unidad de Gestión Clínica (objetivos + incentivos)
└── Unidad de Gestión Clínica → gestión descentralizada por profesionales (AP y hospitalaria)

16. REFERENCIAS NORMATIVAS Y BIBLIOGRÁFICAS

  • Ley 14/1986, de 25 de abril, General de Sanidad. Principios generales del sistema sanitario y orientación preventiva de sus actuaciones.
  • Ley 2/1998, de 15 de junio, de Salud de Andalucía. Artículo 30: el Plan Andaluz de Salud como instrumento de planificación.
  • Consejería de Salud de la Junta de Andalucía. IV Plan Andaluz de Salud 2013-2020.
  • Consejería de Salud y Consumo de la Junta de Andalucía. Estrategia de Salud de Andalucía 2030 (formulación aprobada por Acuerdo de Consejo de Gobierno de 16 de mayo de 2023).
  • Servicio Andaluz de Salud. Contrato Programa (documento anual entre la Dirección Gerencia del SAS y sus centros).
  • Consejería de Salud, Junta de Andalucía. Guía de diseño y mejora continua de procesos asistenciales integrados, 2ª edición, 2009.
  • Pineault, R.; Daveluy, C. — La planificación sanitaria: conceptos, métodos, estrategias.
  • Lalonde, M. — A New Perspective on the Health of Canadians (Informe Lalonde, 1974).
  • Organización Mundial de la Salud, Comisión de Determinantes Sociales de la Salud. Subsanar las desigualdades en una generación.
  • Leavell, H. R.; Clark, E. G. — Preventive Medicine for the Doctor in His Community (niveles de prevención primaria, secundaria y terciaria).
  • Jamoulle, M. — Prevención cuaternaria: concepto y desarrollo.
  • Wilson, J. M. G.; Jungner, G. — Principles and practice of screening for disease. OMS, 1968.
  • Donabedian, A. — Evaluating the Quality of Medical Care / The Quality of Care: How Can It Be Assessed?
  • Hanlon, J. J.; Pickett, G. E. — Public Health Administration and Practice (método de priorización de Hanlon).
  • Bradshaw, J. — A Taxonomy of Social Need, 1972.
  • Instituto Nacional de Estadística (INE). Movimiento Natural de la Población, Padrón Municipal de Habitantes.
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Elaborado por Esteban Castro Palomo. Actualizado el julio 15, 2026.